
Y todo esto se iba llevando quedamente, acompasadamente,
cuidando de que la plata no topara con la plata, hacia las sordas
penumbras de cajas de madera, de huacales en espera, de cofres
con fuertes cerrojos, bajo la vigilancia del Amo, que, de bata, sólo
hacía sonar la plata, de cuando en cuando, al orinar
magistralmente, con chorro certero, abundoso y percutiente, en
una bacinilla de plata, de cuyo fondo se ornaba de un malicioso
ojo de plata, pronto cegado por una espuma que de tanto reflejar la
plata acababa de parecer plateada...
Alejo Carpentier. Concierto Barroco.
Los jerarcas de la Santa Madre Empresa, reunidos en sus opulentos aposentos deliberaban sobre dónde debían instalar el recipiente argentino, bacinica sobre la que los dioses derramarían sus preciados orines.
Conocían de sus hijos –la laboriosa raza regiomontana– su devoción por las instituciones que piadosamente se habían dignado fundar para el gozo y esparcimiento del pueblo, así que consideró que no habría ninguna objeción sobre la ubicación del templo.
En las marginadas márgenes del río La Silla reposaba apacible otro templo, protegiendo su sacralidad con el salvajismo vivo de matorrales y hierbas, de espinas y animales ponzoñosos, hasta el momento ha logrado resguardar ante la destructiva civilización del hombre, en la savia y sangre que lo conforman, la más sagrada reliquia: la vida.
–Es un proceso sencillo: elegimos un lugar que no nos cueste y les hacemos creer que el proyecto es de beneficio público –comentaba.
–Pero el pueblo tiene de sus públicos espacios, defensores que gracias a sus múltiples revoluciones han establecido – comentó preocupado el nuevo empleado.
–El pueblo tiene yugos y en sus múltiples revoluciones, de su arado ha encontrado, nuevos beneficiarios.
Entre espinas y cadillos, corrían conejos y ardillas, tlacuaches y ratones, chapulines y hormigas. Los peces contemplaban desde la cristalina tranquilidad de su recinto, el centenario reposar de los árboles.
El pueblo en sus sillones, instruido por el pensador Hernández Jr., alentaba la instalación de la moderna bacinica, para consumir con precios Europeos, pero con la inmadurez más denigrante de un envejecido Nuevo Mundo, los deliciosos orines de los dioses.
Pero la agresión al pueblo y su patrimonio es circular y son los santos patriarcas de la inapelable empresa quienes terminaron con los divinos y áureos líquidos salpicados.
Ignacio Martínez

